Empezamos el viaje 'a la italiana', es decir, de una forma algo caótica. El tren que venía de Milán, tal vez por ser sábado, iba lleno hasta los topes. Sentadas en el suelo como podíamos, cargando nuestras pesadas mochilas y con el sueño propio de habernos levantado a las 5 y media de la mañana, nos dirigíamos hacia Venecia sin tener más billete que el pase de interrail.
La mochila era una carga muy pesada que olvidaba tan pronto como me la quitaba de la espalda. Sin querer me había dejado el paraguas en el primer albergue del viaje y pensaba que no importaba: "menos peso y, si llueve, nos mojamos". Ése es el espíritu del interrail. Las incomodidades forman parte de la aventura.
Viajaba con esta ilusión y con la de ver por primera vez en mi vida Venecia, una ciudad tan de postal que no me parecía que yo pudiera caminar por sus calles.
Era el 7 de agosto del 2004.
lunes, 24 de noviembre de 2008
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